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Sábado 8 de outubro a partires das 10:30h na Alameda de Redondela
III ENCONTRO DA REDE GALEGA DE SEMENTES
Trae as túas sementes para trocar.
Obradoiro de elaboración de cervexa.
Charla e xantar popular.
Mesa de sabias.
Actividades para nenos.
Feira de produtores,artesáns e colectivos
Música:
Os Tremendos
Permacultores do Norte
Máis información en:
http://redegalegadesementes.wordpress.com/
Vecinos que recuperan auténticos basureros, que practican una
agricultura ecológica, pero no tienen interés productivo. Son los
huertos urbanos, oasis en las grandes ciudades
Lavapiés, en Madrid. Un muro gris sucio flanqueando la calle del Doctor
Fourquet y un viejo portalón a la altura del número 24 preparan el ánimo
para otro solar abandonado. En su lugar, ¡sorpresa!, surge una sucesión
de pequeñas huertas ecológicas alineadas en uno de los extremos,
árboles y plantas, paredes pintadas con murales, familias jugando al
ajedrez o sentadas en sillas de playa, un minianfiteatro al fondo, niños
correteando y varios voluntarios haciendo unas lentejas comunitarias en
una cocina solar. ¡Esta es una Plaza!, que así se llama el entorno,
arrancó en diciembre de 2008 a partir de un taller organizado por La
Casa Encendida que consistía en la transformación de un espacio cerrado
desde hacía más de 30 años en uno público y abierto a un barrio anémico
de zonas verdes. Los vecinos aportaron herramientas, semillas, garrafas
de agua de sus casas. A la vista del éxito, ha continuado como proyecto
de autogestión y, después de sus más y sus menos, el Ayuntamiento
terminó cediendo el suelo. Ojo, temporalmente.
"Pretendemos recuperar el contacto humano y generar tejido social",
declaran los promotores. Acciones como la suya han crecido
exponencialmente en los últimos años, detecta Nerea Morán, arquitecta
investigadora del departamento de urbanística y ordenación del
territorio de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), que aborda el
fenómeno en su tesis. "Estas pequeñas intervenciones se crean para
reinventar lo local, que ha desaparecido de nuestra sociedad", plantea
Agustín Hernández, profesor de arquitectura de la UPM y tutor de la
tesis de Morán. Para ello, y de entre todas las fórmulas posibles, ha
prosperado la del huerto. "Quizá de una manera primitiva, inconsciente,
han vuelto a lo más elemental, la tierra, lo contrario de la ciudad",
reflexiona.
Hernández asocia este regreso a lo local con el miedo a
la sociedad poscrisis, y recuerda que fue precisamente después de otro
crash, el del petróleo de los setenta, cuando se empezó a hablar en
España de agricultura urbana como solución para reordenar el área
metropolitana, para darle un uso a los bordes de la ciudad y, aquí sí,
exprimir su productividad. Este planteamiento parió 1.200 huertos de
ocio de 250 metros cuadrados cada uno gestionados por la Comunidad de
Madrid en San Fernando de Henares, que en 1987 se adjudicaron a
hortelanos de los alrededores. Una filosofía parecida, en versión
actualizada, impulsa en Rivas-Vaciamadrid la creación de parcelas
comunitarias en áreas abandonadas, una finca experimental de producción
biológica y un mercadillo de frutas y verduras ecológicas el último
domingo del mes, todo promovido por su Ayuntamiento.
Lo del parque
de Miraflores, en Sevilla, es otra historia. En los noventa, la presión
popular logra la puesta en valor de terrenos baldíos en un barrio
obrero al norte de la capital, en el distrito de la Macarena. Una parte
se destina a cultivo; aquello prende y, por seguir con el símil
hortícola, la semilla arraiga también en San Jerónimo, Torreblanca,
Tamarguillo, San José de Palmete, El Huerto del Rey Moro...
"Normalmente, quienes vienen son personas de edad, pero últimamente
acuden desempleados jóvenes; es nuestro particular indicador de la
crisis", describe Julián Balmón, coordinador de la Plataforma de Huertos
Sociales Urbanos de Sevilla, pionera en España, que involucra a un
centenar de colectivos y llega a unos 10.000 niños. Balmón pertenece al
colectivo Movida Pro-Parque del Tamarguillo, antigua escombrera, y
recuerda que al año de estar en marcha las parcelas se le acercó un
médico del centro de salud. "¿Sabes la cantidad de pacientes que antes
tenía en la consulta pidiendo la pastilla y que ya ni aparecen?",
comentó.
El Tamarguillo, como el resto de huertos sevillanos,
incluye parcelas vecinales, escolares e individuales, aunque la idea es
que "no cale la actividad minifundista, mi pequeño terreno y ya está",
resalta Balmón. La comercialización está prohibida, los productos se
comparten entre todos. La tierra marca el calendario de celebraciones,
con la cata del tomate en julio o la fiesta de la patata en invierno.
A
varios kilómetros de allí, en pleno casco histórico de la ciudad
hispalense, en los 5.000 metros de huerta anexa a la Casa del Rey Moro,
unos 2.000 chicos y chicas de cinco colegios y dos institutos públicos
han seguido durante este curso el ciclo de la vida. Este bien de interés
cultural llevaba años cerrado, sin cuidar, cuando a una vecina se le
encendió la bombilla: por qué no acondicionarlo entre todos como zona
verde comunitaria. Dicho y hecho. Desde 2005, un convenio con el
Ayuntamiento permite desarrollar un programa de educación
medioambiental.
Salvo excepciones, las Administraciones van al
rebufo, y eso cuando van. Es muy frecuente que los cultivos arranquen de
manera alegal, autogestionaria, incluso con una ocupación, y que la
autoridad municipal de turno no reconozca lo que se está haciendo e
intente expulsar a sus artífices. Pero llega un momento en el que "solo
queda rendirse a la evidencia". La fórmula suele ser el convenio, de
renovación anual, y con una dotación económica escasa, según lamenta
Balmón. Los dos monitores que atienden el huerto escolar del Rey Moro,
sin ir más lejos, "no están en las condiciones más deseables", lo
expresa suavemente la portavoz de la actividad, Purificación Huertas.
Los
vecinos que han levantado el huerto comunitario de Adelfas, en Madrid,
tienen a Francisco, de 70 años, como asesor de jóvenes hortelanos sin
experiencia. "Que sepáis que esta temporada tendréis ajos porque me
encargué de sembrarlos de nuevo, ¡los habíais metido demasiado
profundos!", les regaña. Estos metros de tierra, con su espantapájaros,
sus murales, su rincón para el compostaje, se están convirtiendo en un
centro de reunión vecinal y convivencia entre generaciones. Abuelos,
nietos, parejas paseando al perro y pequeñas multitudes cuando toca
compartir la cosecha. La gente aporta aperos de labranza, guantes de
jardinería, sustratos, plantones. "Hacía falta algo así", comenta María,
una asidua. No hay muchas más zonas verdes en este barrio completamente
remodelado, que luce lleno de bloques de manzana cerrada.
Azadón
en mano, uno de los promotores, Kois, explica que la iniciativa contó
con una subvención hasta el pasado diciembre, pero ahora mismo se
encuentra en la alegalidad. Aunque la junta municipal da su visto bueno.
Kois, responsable de huertos urbanos de la Federación Regional de
Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM), repasa la lucha por
legalizarse, por "salir del limbo", desde que en 2006 brotó el primer
huerto madrileño, el de La Piluka, en el barrio del Pilar. Lo siguieron
los de Almenara (Tetuán), Lucero y Las Águilas (Latina), Malasaña, Casa
de Campo, Lavapiés, Moratalaz. "Ecológicos, públicos, gratuitos y
comunitarios". Ahora la federación negocia con el Ayuntamiento un plan
municipal que los regule.
No todos buscan la legalización. Hay
quien persigue el aldabonazo contra el actual modelo de desarrollo
urbano sin importarle lo de conseguir los papeles. "En Barcelona existe
una visión en general muy reivindicativa; lo plantean como una manera de
llamar la atención sobre la mercantilización del espacio público",
aporta Nerea Morán, tras haber coincidido en algún encuentro con
activistas de aquella ciudad. Que, por cierto, bulle de actividad
hortelana. Can Masdeu, masía okupada con cursos de educación ambiental
entre Barcelona y Collserola; los comunitarios de Clot o Akí Me Planto, o
L'Hortet del Forat, que empezó con una ocupación vecinal finalmente
aceptada por el Ayuntamiento.
Todos aparecen recopilados en
Huertos urbanos: cultivando Barcelona, un trabajo de la alemana Stefanie
Fock, socióloga y fotorreportera, que en 2009 retrató las mil y una
formas de arar en el asfalto de la Ciudad Condal. Esta idea tomó forma
en una exposición y un blog que sigue actualizando.
A primera
vista no se aprecian diferencias entre una parcela municipal barcelonesa
en plena faena y alguna de las 12 o 13 junto a las vías del tren en
Vicálvaro (Madrid). Pero sí que hay una, fundamental. Los de Vicálvaro
son huertos de ocio, nacidos de forma espontánea, de jubilados de los
alrededores que de niños trabajaron la tierra. Su mensaje no es
reivindicativo. "Por aquí está proyectada una carretera; cuando se haga,
nos marcharemos; no queremos problemas", afirman Enrique (68 años),
Manuel (72) y Leoncio (70).
Bajo la etiqueta "agricultura urbana"
asoman muchas realidades. Entre las más recientes, la Red HUCA (Las
Palmas de Gran Canaria), que se reúne desde 2009, con apoyo del Gobierno
local. O los cultivos que saca adelante la Asociación de Vecinos Barrio
Obrero de Altabix en un trozo del palmeral de Elche, y que tampoco es
una idea nueva: los musulmanes ya usaban el microclima de las palmeras
para plantar frutales y hortalizas. El Ayuntamiento cede el suelo y
coordina el invento, que estudia extender a otros barrios. "Ayudan a
hacer ciudades más humanas", manifiesta José Manuel Sánchez, concejal de
parques y jardines. Esta primavera, Elche acogió el I Congreso Estatal
de Agricultura Ecológica Urbana.
(c)Asociación Galega de Horticultura Urbana.
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